Un poco de química solucionaría esta gran cuestión. Al parecer, no hay conocimiento de la intuición que pueda prever cualquier alteridad posible dentro del sistema.
Esto implicaría lo siguiente: Por un lado, la grave intromisión de partes en manipular datos sensibles de la idiosincrasia social. Por otro, altísimos fenómenos de la ansiedad simbólica que corroboran, placer y goce.
Excepto por aquellos inframundos que no pueden alegar la corroboración científica.
Y nosotros nos observamos contaminados en esta consagración de la palabra. Puesto que nos toca, y siempre, determinar lo inconsciente de nuestros vencidos.
Otrora, el denominado mercantilismo humano y la gravedad de sus historias.
Pero decididamente el campo de la inteligencia apela al juego de los inventos. Impone verdades a espaldas de sus antecesores. Domina los deseos permitidos de la inocencia y, entres otras observancias, segrega el arrepentimiento de la opinión pública.
Pero la química nada dice de que algo o alguien, impliquen o quieran, cumplir el rol de espía.
Porque nunca nos exasperamos en la voz de los espías. Fue la vida la que nos las impuso.
Y te tenemos con el temblor de la angustia. El riesgo opresivo para no verte más. La de la ignorancia. La de la desaprensión. El invento tácito donde la mente impone rencor.